REVISTA DOCTOR GONZO

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martes, 21 de junio de 2011

LA NUEVA WEB DE REVISTA DR GONZO YA ESTÁ EN EL AIRE



¡¡¡LA NUEVA WEB SIGUE EN EL AIRE!!! NO DEJES DE LEER TODO ESO QUE YA SABÍAS PERO QUE NUNCA TE HABÍAN CONTADO

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sábado, 8 de mayo de 2010

Odiosos turistas para furiosos anfitriones


Estábamos en algún lugar de las sierras de Córdoba, cerca de Mina Clavero, cuando comenzó el valet cósmico. La luna llena iluminaba la superficie de Marte y las luces del auto dibujaban el oscuro camino de la carretera; curvas y contra curvas infinitas en dirección a la mejor parte de ese viaje, la incertidumbre.
Por alguna razón que no podremos recordar nunca llegamos al recital de Metallica en el estadio Orfeo de Córdoba y la directiva del Dr. Porcino fue imperativa: “Traigan una historia, no me importa sobre qué”.
Había dos carriles por donde conducir, el nuestro y el que traía los pocos autos que venían de frente. El único cartel que vimos estaba oxidado, oculto en la maleza y con las letras borrosas, como si alguna fuerza extraña y superior no quisiera que llegáramos a destino.
Con cada curva la perspectiva cambiaba de lugar; seguimos manejando sin parar ante un paisaje que mechaba las luces de Córdoba capital con las fastuosas sierras que se erguían frente a nosotros. A mi lado manejaba Chuk, nuestro productor ejecutivo y ocasional chofer de estas violentas travesías salvajes. Atrás estaba uno de nuestros fotógrafos, Milton el Ermitaño, que seguía con la frustrante tarea de enfocar la superficie del planeta rojo en la lente de su cámara. La música del disco Máscaras de sal de Las Pelotas sonorizaba la nada y el parabrisas no dejaba de proyectar las líneas blancas y amarillas que atravesaban el asfalto. Pura reflexión mística, nadie sabía lo que nos deparaba el viaje...
Nuestra primer idea fue llegar a Mina Clavero, el “mayor centro turístico del valle de Traslasierra” según el suplemento de viajes de Clarinete. Arribamos a la ciudad alrededor de las 5 de la mañana, cansados de tanto manejar y ansiosos por conocer el lugar. Con semejante cruza de emociones nos fuimos a una playa del centro, cerca de un patio cervecero cerrado y del Mina Clavero Rock and Roll Bar. El plan era tirarnos en el arenoso suelo frío y rocoso para contemplar el amanecer hasta encontrar un lugar donde desayunar. La playa no era nada agradable: el nivel del agua llegaba a los tobillos y la arena parecía escombro triturado. Alrededor de las 6:30 nos enteramos de que las panaderías abrirían después de las 8:00. Decidimos dormir en una casa abandonada que estaban a punto de demoler, sobre colchones viejos sin sabanas. Una posada llena de bichos y gallinas que cacareaban antes del amanecer, al lado de un terreno baldío con vista al valle... no fue nada fácil descansar allí...

Despertamos cerca del mediodía, agobiados por el calor, con hambre y mucho sueño acumulado, el peor coctel para una mente desordenada. En Mina Clavero ocurre un hecho curioso: entre las 11:30 y las 13 es muy tarde para desayunar y muy temprano para almorzar. No importa cuánto supliques, cuánto dinero ofrezcas, nadie te sirve nada; de hecho deciden tomarse los últimos cafés los empleados del bar frente a tus ojos antes de dártelos. De esa manera terminamos en una estación de servicio en el centro, donde pudimos tomar un café con medialunas y un jugo de naranja.
Inmediatamente después de saciar nuestra primera necesidad, se largó a llover torrencialmente con gotas largas y gruesas que lastimaban al mojar. En muy poco tiempo, bajo la lluvia pudimos encontrar una casa barata y confortable donde dormir. Se la alquilamos a una persona que la ofrecía con un cartel en la calle, a pesar de que una camioneta con un megáfono recomendaba de manera insistente no alquilarles a estas personas porque no tenían todo en regla para rentar sus viviendas.
Por la tarde dejó de llover y pudimos visitar uno de esos balnearios con ollas de agua mansa. Luego de caminar alrededor de un kilómetro por rocas apiladas, pude descansar sobre una piedra intermedia entre los hermosos paisajes pintados de ese verde desértico que siempre queda lejos. Cerca estaba El nido del Águila, una de las playas más concurridas de la zona. De cuando en cuando podía ver algún lugareño intrépido que se lanzaba de 12 metros al agua, sobrevolando cual clavadista olímpico sobre las filosas puntas de los acantilados. Intenté escribir una historia pero no me salió nada. Ya me había enterado de que Metallica había dado un show histórico en el Orfeo, habían sonado Hit the ligths, Welcome home (Sanitarium) y Damage Inc. Nada que decir sobre eso. El libro guía del Doctor G arrojaba preguntas que mucho se asimilaban a este dilema: “¿Qué era el reportaje? Nadie se había molestado en decirlo”. Lo único que sabía sobre Mina Clavero era que Hebe de Bonnafini había ido ahí de luna de miel cuando se casó.

Una noche en la ciudad y una emboscada criminal

Pasamos la noche en la ciudad y despertamos a la mañana siguiente con un calor insoportable. Había vómito en el piso y no sabíamos de quién era. En el patio de la casa había una parrilla y estaba todo revuelto; las botellas de cerveza y vino estaban apiladas por toda la habitación. Un puñado de hamburguesas quemadas y frías estaban pegadas en las paredes y nuestra ropa estaba mojada secándose al sol sobre las rejas de la propiedad. No sabíamos qué había sucedido la noche anterior…
Esto no podía ser tan obvio, parecía una copia barata del último día del viaje a Las Vegas. Comenzamos a recapitular la noche y nos dimos cuenta de que con nosotros en la casa estaba durmiendo Nelson Ladoble, otro cómplice de nuestra publicación que estaba allí y que habíamos encontrado de casualidad unidos por esas fuerzas místicas que nos persiguen. Él tampoco recordaba nada pero afirmaba con seguridad que no habíamos estado ni en el casino ni en una discoteca. A su mente sólo venían imágenes sobre todos nosotros juntos en un balcón, pero nada más.
Limpiamos lo que pudimos y decidimos irnos antes de que la dueña de casa regresara. Nuestro vecino, muy amablemente, nos contó que un grupo de gente preguntó de quién era la ropa colgada en la reja. Él nos cubrió porque parecían una turba iracunda dispuesta a lincharnos. Según le contaron, buscaban a un grupo de pibes que a la madrugada habían estado en el balcón de un bar en la calle peatonal. Al parecer, esos “forajidos”, estaban empapados de líquido y se la habían pasado insultando a mucha gente desde las alturas. Además, cuando se fueron de su torre, rompieron vasos y sillas e insultaron al personal.
Bueno, esa era la señal que esperábamos para darnos cuenta de que de ese lugar no nos íbamos a llevar una historia. Cargamos el auto y nos fuimos rumbo a Villa General Belgrano. Sabía que ahí podría escribir sobre los inmigrantes nazis, los indios comechingones o acerca del Che Guevara. Logramos escapar sin que nadie nos viera, pero cuando habíamos hecho un par de millas por la ruta nos paró la policía. Perfecto, al fin estábamos al horno, inmersos en una tragedia griega y listos para entregarnos a un tribunal fascista: “No, oficial, nosotros no insultamos a nadie, venimos de capital, somos periodistas y estamos buscando una historia porque nos perdimos el recital de Metallica”. No podía funcionar.
Nos hicieron descender del vehiculo y nos solicitaron los papeles del auto. “Tienen que circular con las luces bajas encendidas y no con las de posición”, dijo el oficial a modo de comunicado. Al parecer, había un cartel que solicitaba esa medida de seguridad unos metros atrás, pero era mentira. El monto de la multa fue 184 pesos con 95 centavos. Un robótico Cabo Matías E. Ledesma, apostado en el puesto Cañada Larga, nos aplicó el escarmiento. Muchas personas piensan que en esas situaciones hay que pedir disculpas y piedad. Eso es un error, provoca desprecio en el corazón del poli. Comenzamos a discutir junto a otras diez personas que habían sufrido la misma injusticia. Mientras tanto, pasaban por la ruta decenas de autos con las luces directamente apagadas, pero eso no les importaba, la directiva del municipio era facturar y responder con rostro indiferente a las quejas de los conductores detenidos al azar, números para incrementar las arcas del verano. “Hace 20 años que trabajo en turismo y siempre hacen esto, espantan a los visitantes y no quieren volver más”, gritaba un cordobés damnificado.
Con nosotros lo lograron, ya no queríamos volver más ni quejarnos por la multa, de todas maneras nunca la vamos a pagar. No les importó que lleváramos todo en orden en el auto, con los papeles al día, sin una gota de alcohol en sangre y con los cinturones de seguridad puestos. Se aferraron a nuestro único error inventado por ellos mismos cual impuesto a pantalones bombachos y no nos la dejaron pasar; por suerte no encontraron las drogas y las armas que llevábamos en el auto.

San Alejandro y los sitios sin niebla

Seguimos por la ruta y se largó a llover torrencialmente de nuevo, peor que el día anterior. La niebla no dejaba ver a más de diez metros a la redonda y no podíamos superar los 30 por hora. A pocos kilómetros había sucedido un accidente: un choque en cadena que involucró a nueve autos. Vagábamos por la ruta con un hueco en la puerta del acompañante que hacía llover dentro del vehiculo, a punto de colisionar con aquello que no viéramos a tiempo.
Lo único que atiné a pensar fue en poner de nuevo el viejo disco de Las Pelotas como una especie de guía. Mi teoría era que el Bocha Alejandro Sokol, enterrado en Traslasierra un año atrás luego de su lamentable muerte, nos podría guiar en esa ruta complicada al igual que nos guió en la sierra oscura y serpenteante de cuando llegamos.
El auto de adelante nos guiaba con una agónica baliza y el de atrás nos seguía de cerca lentamente, los dos a diez metros de distancia, difusos entre el agua y la niebla. Los acordes sonaban fuertes y la voz del Bocha sonaba a chamán mitológico. La letra fue claramente iluminadora: “Yo te podría enfocar hasta los sitios sin niebla”. El tema estalló y un milagro espiritual corrió el velo de vapor y terminó con el diluvio: un cambio de clima inexplicable que permitió que volviéramos a ver la línea del horizonte. Nadie podía explicarlo, nadie podía dejar de gritar, nadie nos iba a creer, pero pasó... el Bocha sumó un milagro a la lista para canonizarlo...

Continuará...

Dr. Bersington

Metallica en argentina: Jinete Blazer


Hubo un tiempo que fue hermoso y me podía colar de verdad a recitales internacionales. Siempre existía un conocido, un oportunista, un portero que te hacía ingresar a cualquier espectáculo por menos del costo oficial.
Con el tiempo las cosas comenzaron a cambiar y llegaron empresarios que hicieron todo lo posible por sacarse de encima a ese público indeseable que no tiene ganas de gastar su dinero en tickets invaluables. Sin embargo, la visita de Metallica implicó que las puertas se abrieran una vez más por izquierda, a pesar de la adversidad que propone saltear el complejo control informático de la organización del evento.
Era jueves por la tarde y el calor del verano se volvía denso. Las remeras negras que vagaban por el barrio River no hacían más que condensar la pesadez. Metallica regresaba a la argentina después de más de diez años con disco nuevo y luego de aquella suspensión que dejó a todos con un nudo en la garganta. La productora del espectáculo una vez más nos negó acreditaciones, las entradas para la primera fecha estaban agotadas y no tenía dinero para abonar una reventa a $500.
Gran parte de la ciudad se encontraba de vacaciones y la concurrencia era ordenada; la policía poco tenía que hacer en el lugar. Para evadir las vallas que no me permitían llegar a Figueroa Alcorta, me acerqué a ofrecerle una gaseosa a un sujeto de pechera naranja; charlé con varios de ellos y más de uno tenía una propuesta incoherente, mientras que otros mantenían una pequeña diferencia con el soborno ofrecido. No quería darle mi plata ni a Ticketeck ni a un revendedor de entradas truchas, prefería dársela a ellos y pasar. Un Roca más tarde ya era el sobrino de alguien y estaba adentro del estadio para contemplar el show desde la platea alta ¿Estuvo mal lo que hice? ¿Es mi accionar incorrecto? ¿Mis medios son indebidos? ¿Está mal querer acceder a un show por menos plata de la que marca la tarifa? ¿Estoy fuera de onda? No, ellos están mal...

Jinete Blazer

En las pantallas laterales del escenario y de la mitad del campo apareció Clint Eastwood junto a Lee Van Cleef en el film del año 1966, “El bueno, el malo y el feo”, con la música de Ennio Morricone al palo que hacía aullar a la gente a punto de estallar; la adrenalina estaba lejos de consumirse y la revancha recién comenzaba. El sonido era estruendoso y no había nada de viento. La noche había caído con un cielo despejado y negro, como las remeras, como el escenario, todo negro.
El primer golpe a la mandíbula fue con Creeping Death, del álbum Ride the ligthing, un gancho preciso y contundente. Una catarata de acordes seguidos de ese riff que queda solo, que ruge como el motor de una Chevy Blazer negra que hace temblar el chasis, a punto de acelerar hacía una carrera que no tiene bandera a cuadros hasta que choca contra un muro de metal.
A partir de allí la máquina comenzó a recorrer una ruta infernal decorada con paisajes musicales de todas las épocas de la agrupación. Canciones que sonaban en stereo como un combustible inagotable que te permite viajar 80 kilómetros más aunque la aguja del tanque marque cero.
La lista de temas fue gigantesca, llena de clásicos, impredecible y ordenada: el baterista Lars Urlich la prepara minutos antes de comenzar a calentar en el tuning room, un cuarto climatizado con instrumentos para salir a escena con el auto ablandado y el motor caliente.
La camioneta rodó a toda velocidad por rectas veloces al son de Blackened y Whiplash, más lento y con mayor fuerza en trayectos empinados donde todos empujamos, como Sad But True y Hervest of Sorrow, y por tormentas psicodélicas como Cyanide, que dejaron a la multitud en silencio y con la boca abierta. También contempló bellos ocasos que todos vimos en Fade to Black y Nothing Else Matters. Los temas de su nuevo disco no eran tan cantados. Mucha gente de la era digital y las descargas gratuitas no se copa en escuchar el nuevo disco como en las viejas épocas.
El campo era de batalla donde se desarrolló la pacífica violencia que crecía en himnos como Enter Sandman y reventaba gargantas con Master of Puppets.
No recuerdo claramente en qué momento salté de la platea al campo, ni cómo llegué a la segunda fecha, pero todavía puedo sentir el calor del fuego que echaba el caño de escape en Fuel y más tarde en Battery; gas y batería para esa máquina rabiosa. Los covers elegidos para los bises fueron perfectos, Last Caress de la banda norteamericana de punk, Misfits, y Stone Cold Crazy de Queen. El final, con Seek and Destroy, con el cantante sin guitarra y abrazado con el público, una colisión inevitable contra ese muro negro de metal, una carrera hacia un golpe que parte al medio 60 mil cráneos de una sola vez.

Así fue que recuerdo haber visto a Metallica este verano. Fotos no tengo, no me quieren acreditar. El escenario donde tocaron es para destacar. Era muy austero pero hablaba por sí solo. El color negro recuerda a ese disco que marcó el antes y después en la historia de esta banda que desde el principio buscó tocar más rápido y más fuerte que los demás para luego pasar a un sonido más grave y denso, sin olvidar sus posteriores pasos por el hard rock, la sinfónica, y un disco feo que es St. Hunger. A pesar de los malos documentales con psicólogos y sus conflictos empresariales, la última producción, Death Magnetic (2008), los descubrió de regreso a sus raíces y a los buenos solos de guitarra.
Además, en épocas donde el video clip muere y la ausencia de ideas es normal, se despacharon con un corto en All nightmare long que muestra un documental soviético de carácter científico y militar sobre el Evento de Tunguska de 1908, una explosión aérea muy potente que ocurrió cerca del río Podkamenna entre Rusia y Siberia. En el video, la Unión Soviética conquista Estados Unidos y unas esporas de una especie desconocida reaniman a los muertos.
Lo demás, se sabe. Lars Ulrich es medio boludo, un frontman frustrado que roba cámara todo el tiempo y amaga con tirar sus baquetas al público como un gil ¡Pero como toca la batería el hijo de puta! Kirk Hammet se toca todo y Roberto Agustín Miguel Santiago Samuel Trujillo Veracruz Tercero ya dejó de ser el flamante bajista para ser el reemplazo de Cliff Burton y Jason Newsted. James Heatfield se mantiene grandote y en buen estado. La rabia no es la de antes y se comunica de una manera más pacífica y concreta con la audiencia. Sus palabras siempre son de fuerza y entrega para con sus fanáticos y eso lo hace familiar; ya todo el mundo afirma haberlo visto en Pilar llevando los chicos al colegio porque la mujer es argentina.
Fundada por un ex alcohólico y una ex promesa del tenis, Metallica es una banda que primero quiso matar a todos y que luego cabalgó hacia la luz, un grupo que no quiso ser títere de nadie y que buscó justicia para todos hasta llegar a un punto de inflexión negro, como las remeras, como el escenario, todo negro. Son jinetes que cargaron y recargaron llenos de furia para volver a sonar como esa banda de garaje que le canta a la magnética muerte, que en vivo suena como la mierda, en el buen sentido, y que no necesita del sonido delicado de una sinfónica para demostrarlo cuando las letras y los acordes están allí, con las notas de la historia que interpretan con orgullo, pasión y gloria.

Dr. Bersington